A NINGUNA PARTE

•Octubre 28, 2009 • 1 comentario
 
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Sueño con sitios donde no quiero volver.
Paredes donde ya no pertenezco.
Sedas que ya no visto. Láminas
implacablemente arrancadas.
 
(La última montaña oculta
el primer paso
a ninguna parte.
Vencida la idea,
el cielo resuelto, revelado el trasgo.
Y una vez allí, la nada.
Miras: Nada.
Oscura, vertiginosa, múltiple,
común. Y otro paisaje
que dejarás en la cima,
junto a la estaca.
 
Qué queda en cambio
en la larga hilera de lo
material?
 
Nada
en esencia
se transforma.)
 
Sueño con almas que ya no quiero poseer.
En el gigante amasijo donde surjo
como una aleta, como la ensoñación
de otro que extiende su mano y ya no
me alcanza.
 

* Félix Hangelini, 2009.

EL REGRESO

•Agosto 31, 2009 • Dejar un comentario
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La ilusión es una golondrina pequeña
con un solo ojo
abierto:
busca la inmediatez que no tiene,
el olor que no parece,
el hierro que la irrita. Intuye
caóticamente cada relámpago
tras la delgada hierba, en el rugido
y su evanescencia.
No encuentra marea que le sirva
de vestido o de lámpara.
Arrecia en lo que nadie ve,
devela lo que el viento moldea
en la sombra y se empecina
demasiado pronto en el salitre.

La ilusión no es un pájaro
cualquiera: su único ojo
abierto la vuelve
ubicua,
infinita,
estéril.

Félix Hangelini, 2009.

SIMPLEMENTE EL SILENCIO

•Agosto 3, 2009 • Dejar un comentario

La Habana 2009

Porque hay tanto que decir.

Porque alcanza la contemplación, la mirada sobre el mar, las tardes de sol hundiéndote en tus propias marismas.

Porque hay mucha luz, a pesar del sol.

Porque estás lejos.

Porque siempre hay un regreso.

Porque estás siempre allí. Esperando. Esperando.

Porque estás viva, como los condenados que nunca se resignan. Viva bien dentro y bien fuera. Viva aun cadáver, aun ansiedad y grito y nostalgia y sudor.

Porque el silencio es la más atrevida de las elegías.

Porque desde tu corazón comprendí el mensaje.

Porque en mi corazón un día lo instalé, y hoy te pienso.

En el silencio de otra luz que me abandona.

CUANDO NADIE NOS VE

•Junio 23, 2009 • Dejar un comentario

LA JAULA VACÍA

•Junio 23, 2009 • Dejar un comentario

A Laia (2004-2009).

 

El dolor tiene un chillido intenso.
Por dentro del dolor pasan
el pájaro nocturno, una gacela, el ciego
centellear de la hierba.
Por dentro del dolor, que es una rama pesada,
que es una hoja al fin, y un horizonte escrito
y un sombrero.
Más tarde habrá poco que ver. La sombra
se hará sobre el café. La calma
se multiplica en la prisa del verano. El cielo
clama una pequeña batalla. El lento
resplandor donde no empieza nada
no desvanece. Miro
la jaula vacía y el mañana de estos cinco años,
el silencio sobre los largos barrotes,
la rueda infinita de tanta soledad donde han muerto también
los que han pasado. Estoy,
no obstante, lejos
mirando hacia la carretera
creyendo que en cualquier parte podrás estar
tímida y limpia, como al principio,
pálida y lila,
en el minuto en que inevitablemente
fuiste atada a estas invisibles manos
que aún te detienen.
 
                                 No quiero decirte
alma, nada más: tan sólo
buenas noches.
(Así, sin color.
Así, sin música.)

 

 

Félix Hangelini, 2009.

QUASIMODO: UN NIÑO QUE TEME A LOS MUERTOS

•Mayo 30, 2009 • Dejar un comentario

Desde mi primera lectura de la obra de Salvatore Quasimodo (1901-1968), Premio Nobel de Literatura 1959, hubo un aspecto que me llamó poderosamente la atención, más allá de su consabido hermetismo, y su tono (en la parte final de su producción, más vinculado a la tradición poética italiana): la presencia de la muerte como motivo.  

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En la obra de Quasimodo sobresalen metáforas y símbolos que confluyen en la conformación de un universo poético perfectamente pensado y matizado. Tal vez los símbolos que mejor se integran al afán del poeta son “la noche” y “la muerte”. Vistos como correlatos semánticos en la mayoría de los versos (y nótese la proximidad que la tradición lírica ha suscitado entre estos términos), la noche y la muerte, unidas por su relación con “lo Oscuro”, apuntan hacia una comprensión particularizada del “sufrimiento humano”. Si tomamos en consideración las conquistas del romanticismo, tal vez podría pensarse que esta experiencia parte desde esa lejana circunstancia. Pero no sólo de allí. Si se indaga a fondo en la poesía de Quasimodo, muchas veces transida de una intimidad, de una delicadeza, de un pathos realmente estremecedor, podría encontrarse la huella de la poesía griega, pero más que de ella, de la experiencia de la poesía pura y del culto a la palabra, tan promovido por Stephane Mallarmé. Es cierto que Quasimodo cierra la llamada “primera etapa del hermetismo”, como apuntó Librado Basilio, y que con él la poesía italiana alcanza una expresión más directa (sobre todo en la etapa final de su producción). Pero esto no excluye la posibilidad de que Quasimodo se entregue a la búsqueda de un modo de representación del sufrimiento, recalando en un discurso plagado de subjetividad y de una visualización desgarradora del mundo circundante. Podría pensarse en un discurso donde prima la negación, la desesperación como componente irrenunciable del temperamento de la contemporaneidad, el azoro ante la circunstancia terrenal, el sentimiento de lo paradójico expresado en el carácter contemplativo de la existencia. El sujeto (podríamos decir Quasimodo) es como un niño que advierte la desolación, la levedad, lo “Oscuro” en cada una de las cosas que le circundan. Observa detenidamente, detalla, y luego se disuelve en esa videncia, porque no encuentra un modo de salir de ella. Es un afán de integración al mundo creado, una especie de adentro/afuera del que el hablante no puede escapar ni definirse. Al leer a Quasimodo nos hallamos ante la fusión/confusión del autor y el hablante poético, y en ello recuerdo la definición del texto lírico ofrecida por el teórico soviético Iuri Levin, al proponer que este (el texto lírico) es una cita del yo que enuncia. 

La noche está siempre presente en el discurso de Quasimodo. En su poema “Ed è subito sera”, el ambiente poético está matizado por el arribo de una nocturnidad[1], perfectamente simbólica. Pero es en la decodificación del símbolo donde comienzan los problemas: Quasimodo no ha actuado como su coterráneo Ungaretti, quien señalaba la mayoría de las veces el sentido hacia el cual debían dirigirse los intentos interpretativos. Quasimodo calla, y ese silencio multiplica las posibilidades del propio texto para ser asimilado o completado con aquellas interpretaciones que sean afines a la inteligencia y a la experiencia personal del lector. Lo nocturno –también relacionado con la decadencia del día- sobreviene luego de la declaración de soledad: “ognuno sta solo sul cuoro della terra”, y es aquí donde interviene la inserción de un plano de negatividad, que surge como resultado del triunfo de lo negativo sobre lo positivo (ausente). Quasimodo nos presenta un plano agónico, donde le interesa sólo resaltar el triunfo de la negatividad sin presentarnos su opuesto, aunque se palpe. Esto funciona del mismo modo en un poema como “La notte d’inverno”. Todas las imágenes de éste están conectadas en el mismo campo semántico, todas guardan una estrecha relación, y en todas se enuncia una circunstancia de separación, de nostalgia, que alcanzan su apoyatura en la descripción de un paisaje cargado de tristeza. El componente natural es pretexto, y se identifica con el componente subjetivo, con los estados de ánimo. Se pasa de la descripción paisajística hacia la lamentación del destino, en este caso, del destino del partenaire lírico (potencialmente evocado). De todo esto puede hacerse resaltar un sentimiento que es determinante en la comprensión de la poética del escritor italiano: la pérdida poética que nuclea el discurso de Quasimodo, hasta tal punto que es imposible concebir el universo sin ese desgarramiento. Incluso en un poema como “Specchio”, donde parece que ha brotado la vida desde el tallo seco, que lo verde sepulta la sensación de inmovilidad, de olvido que poseía al tronco, se parte de una “noche” donde esto no existía, es decir, que el sentimiento de lo positivo que puede plantear este poema parte del agón entre dos realidades en continuo enfrentamiento, y he ahí la enunciación de lo paradójico. No me atrevería a decir que Quasimodo pone a funcionar todo el tiempo los mecanismos de la paradoja, de la oposición inmediata que abre caminos de una posibilidad infinita, y que esto lo inyecta a toda su poesía, pero sí me arriesgo a decir que en Quasimodo existe una continua pugna, donde sin lugar a dudas el lugar preponderante lo ocupa siempre el polo negativo, triunfante, y donde podemos ubicar perfectamente al poeta-sujeto lírico. 

En relación con la oscuridad, más allá de la que los propios versos destilan, por su carácter precisamente hermético, es menester señalar que las construcciones tropológicas coadyuvan a que lo Oscuro se imponga y ofrezca la visión de fatalidad, manejando también la opción del contraste con una supuesta “luz”, ausente muchas veces. Oscuridad asociada con lo lúgubre, con lo sombrío, con la carencia de algo, con el dolor[2]. En “Nessuno”, Quasimodo confiesa ser el niño (y véase que en ello resume las cualidades de los infantes: inocencia, capacidad de observación, pero también de incomprensión de lo que le rodea, y del mismo modo, indefensión), y es un niño a quien la muerte va a salvar de todas las criaturas. Desde el punto de vista del sujeto, la muerte es concebida como privilegio, como vehículo de escape, en contraste con el horror existencialista. De esta manera, la muerte vendrá a librar al niño de todas las criaturas, porque en todas las criaturas está la tristeza. Es una concepción fatalista: el mundo es un ente triste, y la posibilidad del Más Allá es la salida.[3] Pero ¿por qué sucede esto? Lo dice el hablante: porque “no hay dones”. Y luego nos dice que “las calles son oscuras”. Elementos que se imbrican: la negación (“no hay dones”, “ya no hay ninguno”) y la oscuridad. 

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Quasimodo asume la muerte tal y como lo hace Walt Whitman. Si nos detenemos en el poema “Lettera alla madre”, podemos constatar lo que decimos. La madre de la que habla es la muerte, donde se la trata como “muerte de piedad”, “muerte de pudor”, como “querida”, “dulcissima mater”… Para los que han seguido de cerca la poética del norteamericano, del mismo modo habla el pájaro eremita en “When Lilacs Last In The Dooryard Bloom’d”. Paralelamente, el instante de la muerte es entendido en ambos poetas como momento de sublimidad, pero en Quasimodo sucede que la muerte casi siempre es personificada. Rodeado de un ambiente que destilaba muerte por doquier, y sumido en una desconsoladora tristeza –manifiesta en sus composiciones–, el  poeta italiano canta de formas distintas a la muerte: unas veces la alaba como remedio a la tortuosa existencia, otras habla de “la muerte que ha venido a destruir” (noción de la muerte destructora)[4]. Pero es esta la misma muerte de la que no se puede desligar el “hombre de su tiempo”. Definición de la naturaleza humana, que a la larga fustiga. Esa capacidad de destrucción del ser contemporáneo aparece en “Uomo del mio tempo”, pero es la consecuencia del carácter exterminador del propio ser (“Hai ucciso ancora,/ come sempre, come uccisero i padri, come uccisero/ gli animali che ti videro per la prima volta.”) A este espíritu se contrapone algún destino individual, el del yo lírico que habla desde “Di fresca donna riversa in mezzo ai fiori”. En este poema, el espacio, perfectamente evocado, aunque impreciso (como todo funcionalmente estético espacio poético, por lo menos en mi gusto) complementa la noción sobre el status después de la muerte. Sin embargo, y volviendo a “Lettera alla madre”, sucede que a pesar de la evocación o alabanza, la anulación que la muerte provoca no le es conveniente (“non tocare lòrologio in cucina che batte sopra il muro/ tutta la mia infanzia è passata sullo smalto/ del suo quadrante, su quei fiori dipinti”), y lo que siente es una especie de lástima, toda vez que ha personificado, ha transportado a la muerte al plano de la humanidad. La muerte puede ser entendida, más que éxtasis, como un ente omnipresente, ubicuo. Incluso, pensando en que otro de los elementos que pueden caracterizar la poética de Quasimodo es la ilusión, es decir, la imagen poética como ilusión, centrando el discurso, toda vez que muchas veces el sujeto parece imaginar, re-crearse en un mundo inventado (¿influencia del surrealismo, y de otras manifestaciones de vanguardia?[5]), la muerte puede ser incluida en esta vertiente, en esta videncia poética que aúna la capacidad intuitiva y totalizadora del sujeto lírico. 

El Quasimodo de “L’Angelo” alcanza un erotismo de altos quilates. Precisamente puede devenir como ejemplo de la supuesta “ilusión” a la que hacíamos referencia con anterioridad. El ángel es un símbolo que no admite una decodificación orientada; el espacio es totalmente irreal (para la realidad objetiva), lo que puede pensarse en un momento del sueño o en un instante después de la muerte; las figuras, las formas que se adoptan revelan una afectación deliciosa… El anuncio final de la posesión es quizás lo más oscuro del poema, pero también lo definitivo, síntesis y muestra de una poética hermética, escurridiza, pero a la vez cargada de todo lo que hoy busca la poesía de nuestro tiempo.

Salvatore Quasimodo  

 


[1] Es importante hacer resaltar la no correspondencia en italiano entre los términos sera y notte, pero que en español se relacionan con el advenimiento de lo nocturno, pues en italiano la tarde se denomina con otro término.

[2] En este enunciado podría contradecirme si analizo un poema como “E la tua vesta è bianca”, en mi criterio de un erotismo encantador, fino, depurado, con el que Quasimodo nos demuestra que ha aprendido de la poesía pura la forma elegante de comunicarnos una esencia poética a través de la carga semántica que cada palabra asume. En este poema de una rara claridad, como en un espejismo, el sujeto alude a una imagen donde confluyen deseo, idealización y una especie de sublimidad, complementadas por las figuras de la naturaleza como entes envolventes en la ambientación lírica. Pero aun aquí Quasimodo no escapa de su afán de representación de la pérdida: ha sucedido una pérdida del tiempo poético, que trae consigo esta desesperada imaginación, lo que conduce a que pueda interpretarse este poema como, efectivamente, una ilusión.

[3] Véase que la creación y la vida personal de Quasimodo están muy vinculadas con la tradición cristiana, que está latiendo siempre en su poesía, a veces a la manera de alusiones simbólicas (“L’Angelo”) y otras por medio de evocaciones o apóstrofes (a veces interpelaciones) como en el poema que trabajamos, “Nessuno”.

[4] Podría verse el compromiso de Quasimodo con su tiempo, toda vez que en varios poemas refleja la realidad que se vivía, realidad dolorosa la mayor parte de las veces, como en el desgarrador poema, que más parece una pintura de desolación, titulado “Milano, agosto 1943”.

[5] De seguro que algo de esto viene de la poesía pura, sobre todo en la selección de temas.

SOMBRAS CONVOCADAS, SOMBRAS QUE CONVOCAN

•Mayo 29, 2009 • 3 comentarios

Pocas cosas generan tanta nostalgia en un escritor como recordar sus maestros de lengua y literatura de los primeros años. Aquellos que te enseñaron a leer y escribir, de cuyos labios escuchaste por primera vez el nombre de algún autor u obra que luego te dejarían marcado para siempre. El primer poema dictado a conciencia, la primera invitación a degustar la literatura como forma de vida. El primer lector de tus textos, el primer guía, la mirada de asombro y admiración, la primera negativa.

Recuerdo a todos y cada uno de ellos.

Aprendí a leer y escribir a los tres años de edad, de forma autodidacta, aunque mi primera maestra fue mi madre, cuya caligrafía era curiosamente parecida a la de mi primera maestra de primaria. Intenté imitar esos rasgos al punto de que llegué a falsificar la firma de mi madre para ahorrarle a ella el trabajo de tener que firmar la tarjeta donde anotaban mis calificaciones. Y ese afán de mímesis quedó ya impregnado en mis trazos: llegué a imitar casi a la perfección la letra de mi profesora de cuarto y quinto grados, a la de sexto (a quien además, le hacía el favor de transcribirle los planes de clase), a mi profesora de séptimo y octavo, a la de noveno, y luego a mis tres profesoras del bachillerato. Una de las cosas que más me gusta de mí es mi caligrafía, cuando quiere cambiante, precisa, caótica o barroca, pero siempre legible.

Resulta imposible olvidar los rostros y nombres de mis maestros de español de mi etapa escolar: María Gisela Ortega, Andrés Pla, Brígida Cantón, Milagros Oliva, Clara Sánchez, Ibis Falcón, Aleida Marchante, María Elena Soriano, Julia Montesino. Los recuerdo de una forma nítida y cariñosa: el carácter de María Gisela y su paciencia ante mi indisciplina; la jovialidad de Andrés, el primero que me eligió para darme un libro de texto nuevo, sin usar, el primero que me hizo sentir un alumno especial por ese gesto inmerecido; la enorme generosidad y sabiduría de Brígida, quien estaba a punto de jubilarse ya en 1987; la confianza, el respeto, el amor de Milagros, probablemente la mejor maestra que he tenido, porque me enseñó sobre todo a vivir, y a creer más en mí mismo y en todo lo que puedo alcanzar si me entrego. La dulzura interminable y las ganas de ser escritor que me inyectó Clara, ese ángel que me enseñó el verdadero sentido de la palabra “literatura”. La inteligencia y el temple de Ibis; las pruebas tremendas a las que me sometió Aleida, quien me enseñó a no conformarme nunca; la siempre meditada y precisa visión de María Elena. La incalculable amistad de Julia, que me abrió todas las puertas posibles cuando aún no conocía yo el significado de la auténtica felicidad.

Cuando hay demasiado silencio, sus imágenes acuden a visitarme, no me dejan solo, no puedo quedarme solo cuando hay tanto que hacer y escribir. Ya no recuerdo siquiera muchos de sus consejos, mas sí sus voces. Es como una música que se mantiene intacta, como pequeñas lecciones de vida de las que es imposible prescindir. Se juntan de un modo que jamás pensaron para sí; la mayoría ni siquiera se conocen entre ellos, pero un poco el azar y un poco el destino los unen hoy en esta cadena en la cual cada uno tiene un peso y un color.

Hoy no sé qué será de ellos. No sé siquiera si viven, espero que sí. Todos eran relativamente jóvenes, salvo mi maestra Brígida, la de la letra estilo Palmer que tanto me impresionó y a la que llegué a arrancar una enorme carcajada cuando vio que mi libreta de español era un calco casi perfecto de sus apuntes personales.

Una tarde de abril de 1990, mi maestra Clara me llevó a su casa y me enseñó una foto de su madre. Clara Sánchez Morales era la hija de Clara Morales, una cantante cubana muy popular, fallecida a temprana edad por un cáncer de garganta. Mi maestra Clara (“Clarita”) me dio acceso a esa parte humana, donde el ángel se revelaba una persona muy fuerte, marcada por la vida. Desde entonces, para mí ver a Clara Morales en las viejas grabaciones junto a Mario Rodríguez -el famoso dúo Clara y Mario, el más popular en Cuba en los setenta- fue como asistir al dolor, a la alegría y al recuerdo de mi maestra. Ella siempre me decía que sentía un enorme privilegio al poder escuchar y ver a su madre, viva en aquellas grabaciones, pues no todo el mundo tenía la opción de que una imagen apoyara su recuerdo. El adolescente que yo era, entendió entonces a medias.

Esta noche me he tropezado con mi canción favorita de Clara y Mario. Observo desde mi distancia los ojos de Clara, y veo en ella los ojos de mi maestra, su forma de mirar, de enseñarme; el parecido físico también es asombroso. (Qué extraña forma de recordarte, Clarita.)

Sirva esta canción para evocar a mis maestros. Donde quiera que estén hoy, no sé si les alcance saber que siempre les estaré profundamente agradecido. Los quiero. Para ustedes, mi mayor reverencia.

E TI PERDONO AMORE…

•Mayo 21, 2009 • Dejar un comentario

Un día cualquiera en una ciudad cualquiera: esto puede ser el resumen de mis últimas semanas. Y al mismo tiempo no lo es. No son días cualquieras, y París tampoco es una ciudad cualquiera, aunque lo parezca. A pesar de que esté ahí fuera, oyéndome, tentándome y yo no responda a sus gritos.

París, dicen, es la Ciudad del Amor. En primavera, cuando empieza a reverdecer, hay un peso lascivo que lo contamina todo. Mi compañero de piso dice que lo ve, que lo siente en todas partes: el olor de las mujeres, las formas de mirar, la voluptuosidad que late debajo de las ropas, el contacto en el metro o las calles y avenidas, los rostros nocturnos, un modo pícaro de sonreír. Sin embargo, yo no lo veo, no lo palpo. Debe ser que todo está en los ojos del que mira. Buscamos nexos con la realidad a partir de la realidad que nos creamos. Nos inventamos universos convenientes, frases convenientes, miradas convenientes. Tergiversamos discursos, modos. Nos pasamos interpretando según nuestro lenguaje (humano) todo aquello que nos rodea. Es algo completamente legítimo y al mismo tiempo, inevitable.

Sin embargo, no hallo a mi alrededor esa esencia que todos ven. Proyecto la visión hacia sitios más distantes, donde ni siquiera mi mente es capaz de imaginar. Y pienso que el amor está allí, clavado en valles ajenos, hablando lenguas incomprensibles, o en montañas ásperas desde donde le cuesta acercarse. Debe ser que la idea en sí misma me resulta cómoda. Como me resulta cómodo no esperar nada. Duermo en paz al saber que nadie me piensa.

Detenerse a apreciar el amor en los demás es también perdonar los fracasos que uno ha tenido, aprender a recordarlos con cierta ternura (la nostalgia nunca es bálsamo), y por qué no, reconstruir esos espacios donde uno ha sido feliz. Es el peaje que pagamos. En esa evocación recomponemos las piezas de nuestra historia. Y la observación de las historias de los otros -no como mero acto voyeurista- también te muestra lo que eres, por qué estás donde estás, por qué has alcanzado estos árboles y cruzado tantos ríos.

En cierto sentido, todos seguimos vivos en ese pasado que ya no nos pertenece, pero que nos tiene atrapados para siempre. Y con ese pasado, con delicadeza, con dulzura, hemos de aprender a convivir. Como un cuadro palpitante y sin rencor, que adorna el salón principal de casa.

 

LUZ SIGILOSA

•Abril 24, 2009 • 1 comentario

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El martes en Barcelona, en el viaje de regreso a París, al bajarme en la estación de Passeig de Gràcia en tránsito al aeropuerto, escuché: “Eó, eó!” Estas sílabas no tendrían la menor importancia si no hubiera alzado la vista, en respuesta a un llamado casi primitivo. Son esos pequeños momentos los que cambian todo. El “Eó, eó!” no era un llamado, sino el tarareo de una canción que desconozco, una canción cualquiera, un pretexto. Alzar la vista me descubrió un rostro de una belleza sobrehumana, de unos ojos azules penetrantes, y unos acentuados rizos rubios, amparados en el calor de una primavera que intenta parecerse ya al verano, o al menos lo simula bastante bien.

Entonces recordé cuando hace unos días en el Théâtre du Châtelet acudí a ver Die Fenn, de Richard Wagner. Y me sorprendió durante los dos entreactos, con la misma candidez inesperada, otra hada de ojos más oscuros, pero no dentro de la escena (nunca me han interesado las construcciones escénicas), sino en una de las barras del vestíbulo de la primera planta. Su rostro estuvo clavado en mi pensamiento todo el fin de semana posterior, su forma de mirar y sonreír. Son las pequeñas cosas que probablemente no vuelvan a ocurrir -o al menos no con idéntida intensidad- porque dependen de un momento, de un estado profundo de indefensión, de una necesidad, de una armonía de los elementos.

No sé si en realidad quiero hablar, escribir largamente sobre esto. Creo que a medida que voy viviendo un poco más en esta ciudad, empiezo a entender mejor a Baudelaire. A creérmelo, si es que antes tuve alguna duda. París despierta una sensibilidad -o una hiperestesia- difícil de explicar. Se mueve entre las calles, el olor a siglos, la enorme distancia -amanerada y neurótica-  de los parisinos, el tacto de las piedras, la humedad, un sol que me persigue, y las omnipresentes nubes del atardecer.  Es esto acaso lo que mencionaba Maurice Bouchor en “Le temps des lilas”?

Esta tarde hace sol de nuevo. Los rayos entran con fuerza dentro de mi habitación, aunque son casi las seis. Corro la cortina, no sea que el exceso de sol termine por arruinar mi pantalla, y por quemarme la piel. Aunque el sol en París es aparentemente inofensivo y jovial, no aconsejo la sobreexposición.

Escribe Dickinson en 1874, “The broadest words are so narrow we can easily cross them- but there is water deeper than those wich has no Bridge”. Hace unos años escribí a una amiga que ya no está -y que creo no alcanzó a entender el significado de la frase-: “hay palabras tan grandes que es preciso olvidar su peso para entenderlas”.

Me detengo ante el talento de lo indescriptible. “C’est l’heure exquise…”

Debajo, sigue bullendo Saint-Denis.

LAS SIMPLES COSAS

•Marzo 24, 2009 • 2 comentarios

 

 

“Uno se despide,

insensiblemente,

de pequeñas cosas…”

 

 

“… que el amor es simple,

y a las cosas simples

las devora el tiempo.”